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Mejor fácil que mejor

Observo a diario como la comodidad y la facilidad permean nuestras vidas, dejándonos llevar por caminos y decisiones que son todo menos que sentidas verdaderamente.

Seguramente un rol importante lo tenga la sociedad en la que algunos han nacido y en la que otros se han encontrado poco a poco a vivir cambio detrás cambio. Sociedad incluye todo lo que se pueda imaginar rodee nuestras vidas diarias ya sea tecnología, viajes, costumbres, comidas, personas y, por cierto, relaciones.

Vivimos en el mundo de Amazon, donde prácticamente cualquier cosa puede llegar a mi casa al día siguiente sin tener que levantarme y con la libertad de poderlo cambiar sin compromiso ninguno. Vivimos en el mundo de Just Eat donde puedo pedir prácticamente cualquier comida esperando tranquilamente en mi sillón, con la libertad de quejarme si tarda más de 5 minutos. Pero luego nos quejamos de que la pizza no sea como la del restaurante. Vivimos en el mundo de la compra online donde ni siquiera bajamos para ver si la ensalada está fresca o para darle media hora de total libertad al pequeño Ratatouille que está en nuestras cabezas dejándole juntar imágenes y olores para llenar la cesta con un poco de sentimiento. Pero luego nos cagamos en todo si olvidamos algo o si algo no es como esperábamos. Vivimos en el mundo de Tinder pensando que es la única forma de poder conocer alguien o lo mantenemos allí en “casos de emergencias”. Pero luego tenemos vergüenza al bajarnos los calzoncillos porque pensamos que es la única forma de conectar con alguien y nos quejamos de que la imagen en la app no refleje la persona que tenemos en frente. Vivimos en el “ya, ahora y fácil”. Vivimos para llenar vacíos porque nos da miedo tener un hueco allí abierto sin saber por qué existe o en caso de saberlo, el como llenarlo para que no vuelva abrirse. Así que buscamos las formas más fáciles para llenarlos y nos convencemos de que sean las correctas. Vivimos esperando que alguien llene esos huecos sin contar que el único resultado es olvidarnos de esos huecos por un rato, a veces un buen rato, pero nunca de llenarlos de verdad. Buscamos las formas que menos tiempos necesiten, invirtiendo en otras personas, esperando que el resultado final sea prefecto para nosotros y responda a todas nuestras necesidades. Y en caso de que no, giramos página como yo me tiro un pedo y encima, para hacerlo aún más fácil, nos quejamos y nos gozamos en la pena llenándonos la boca de “me ha hecho, me ha dicho”. NO. Así es fácil.. demasiado. Cada uno hace, el dejarlo caer en “me hace” es responsabilidad tuya. Vete a ver el por qué ha hecho o ha dicho. Cuestiona y cuestiónate. Pero para eso hay que sentar el ego a un lado y mirarlo en la cara. Hay que sacar lo que está adentro de verdad y no es fácil.

Vivimos sin pensar que nuestra mente puede ser nuestra aliada más grande, pero al mismo tiempo la más grande hija de puta. Podemos dejarla actuar libremente o decidir un día ponerle cara. Pero hay que tener huevos, muchos huevos y es muy fácil ver lo difícil que es y dejarnos llevar por algo más fácil otra vez. Y otra.

Vivimos en un mundo donde hasta un orgasmo o el simple recibir amor nos da miedo porque sale de nuestro control y el control es fácil. Tan fácil que luego, cuando estamos solos en nuestra intimidad y con nuestra alma gritando desde el interior, nos damos cuenta de como sea sin sabor ese control. Así que giramos página porque es más fácil. Pero el libro se acabará un día y no habrás más páginas que girar y no he inventado yo la frase que dice: hay personas que aprenden de la vida leyendo libros y otras que viven para luego escribirlos.

Vivimos en un mundo donde sacamos un “te amo” como si fuera un “buenos días”, pero luego nos aterra la idea de lo que conllevan de verdad esas dos palabras. Ya.. decirlas es muy fácil. Comprometerse, compartir, convivir, intercambiar, escuchar, apoyar, entender, ya son retos demasiado difíciles. Así que giramos página.

Espero que tengan una buena biblioteca a su disposición.

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