Hace años me crucé con esa palabra. Desconocida en aquel entonces, tatuada en mí hoy en día.
Cruzó mi camino por casualidad y se aparcó en un rincón de mi mente bien escondida sin necesidad de salir o manifestarse claramente. Cada vez más me quedo asombrado de lo receptivo que es nuestro cuerpo en su totalidad, ya sea a veces a través de visiones, ruidos, olores o sensaciones. Capta y almacena sin, muchas veces, darnos cuenta. Pero el cuerpo sabe por qué y actúa autónomamente sin hacer ruido y encima sin tener problemas de espacio de memoria porque siempre encuentra un hueco donde aparcar estas chispas. Ya, de chispas se trata. Las chispas de por suyo solo duran un segundo o incluso meno, pero se revelan totalmente necesarias en el momento de tener que prender un fuego. Así que cuando encuentran el material correcto, las chispas se activan y permiten que se prenda el fuego. Entonces algo que hasta poco antes no tenía ningún significado, sale de su aparcamiento y se manifiesta claramente delante de tus ojos llevándote hasta sus orígenes y revelándote todas las respuestas por las que ni siquiera habías hecho preguntas.
Así ha sido por Agape. Por suerte me he cruzado con una persona en mi vida que ha dejado salir esa chispa que estaba escondida dentro de mí y ha hecho posible que se prendiera ese fuego.
El fuego de Agape ya no necesita esa persona para seguir ardiendo porque ya descubrí por mi cuenta como seguir alimentando ese fuego y no hay quien o que lo apague.
Ese fuego ya no quema, pero arde. Mucho.
Como Agape hay muchas más chispas en cada uno de nosotros y siempre más habrá. Cada una con su historia por contar y por revelar. Cada una solo necesita encontrar su propio combustible, pero luego el fuego hay que cuidarlo para que siga ardiendo. Habrá viento a veces, lluvia otras, que harán todo lo posible para apagar ese fuego. No dejes que se apague porque combustible hay, pero las chispas una vez encendido el fuego ya no sirven para prenderlo otra vez.

Deja un comentario