Con esa simple palabra se podrían escribir libros, incluso bibliotecas enteras, hacer películas, podcast y muchas otras.
Yo no tengo ni posibilidad ni capacidad para escribir un libro o hacer una película, pero tengo la suerte de poder hacer la cosa más maravillosa que se pueda imaginar con esa simple palabra. Vivirla.
Todo empezó una mañana en la que mi madre se sienta en el salón y me pregunta: ¿te gustaría tener un hermanito? Sin pensarlo contesté SI en un segundo. Realmente no sabía que significaba eso de tener un hermano. O mejor, si materialmente, pero no tenía ni idea de lo que eso significaba. Nadie me había dado un curso para prepararme a eso. ¿Lo hacen para dar a luz o para casarse porque no hacerlo para prepararse a un hermano? Pues la verdad es que no hace falta ningún curso, porque todas las informaciones que necesitas las recibes la primera vez que coges tu hermano entre tus brazos, lo hueles y los miras a los ojos. Todo es suficiente y nada más necesario. Es el momento en el que el vínculo se ha formado y para ese vínculo no hay tecnología o ingeniería que se haya desarrollado capaz de romperlo. Solo es capaz de crecer ese vínculo.
Crece sin lógica aparente a veces, sin hacer ruido otras, como un huracán otras todavía. Pero siempre crece.
Crece cuando lo mejor que te salía al tener esa bola de carne y huesos entre los brazos, lejos de las miradas de los padres, era morderle los muslos y los brazos de los ricos que estaban hasta dejarle la marca de los dientes. Crece cuando jugando de manera “desequilibrada” debido a diferencias de edad y tamaño, le haces daño y empieza a llorar pero con una sola mirada entiende que este es un juego entre hermanos y entre hermanos se tiene que quedar. Así que la idea de quejarse con los viejos desaparece en un instante dejando espacio a una sonrisa mojada de las ultimas lágrimas. Crece cuando tienes que llevarlo al hospital por algo inesperado y no entiendes bajo ningún concepto como algo tan puro y pequeño pueda tener una “pieza rota”. Crece cuando te peleas de los nervios que te provoca en la mágica edad de la adolescencia. Crece cuando entras en casa borracho haciendo todo tipo de ruidos, meno cuando abres la puerta de la habitación porque allí duerme tu hermano pequeño. Crece cuando el vuelve en casa borracho y lo encuentras en el sillón, sucio, sudado y sin capacidad de juntar más de 2 palabras. Lo coges, lo arreglas un poco y lo deposita en la cama lavando la ropa a las 3 de la mañana para que la vieja no se entere de lo que pasó. Crece cuando lo sientas en tu coche para enseñarle a conducir y lo ultimo que te preocupa es el olor a quemado que salía como gritos del pobre embrague. Crece cuando con casi 40 años, estando al otro lado del mundo, te enteras de que está hospitalizado y lo único que miras es el primer vuelo para alcanzarle. Crece cuando te vas de casa y la carta que te dejó el, la conserva como si fuera una pieza del Louvre. Crece cuando sientes que algo está tapando las alas de tu hermano y poco a poco lo ves prendiendo el vuelo hacia lo más alto del cielo y solo quieres alas más grandes para no perderlo. Crece cuando lo esperas en casa como esperas el sol bajo un chaparrón. Crece cuando entiendes que significa recibir un apoyo, un abrazo, una palabra, una broma, un mensaje, un desahogo, una pregunta, un consejo siempre en el momento correcto y de la forma correcta. Crece cuando dejas de entender y simplemente sientes y vives todo eso desde las entrañas y te das cuenta de que almar y hermano son inquilinos del mismo piso. Tu alma.
Te almo hermano


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