Cuando eres niño parecen una de las cosas más atrevidas y peligrosas. Parece que puedas escaparte en cualquier momento del carril y volar a toda velocidad. Pero así las abandonarías para no volver a montarte en ellas.
Pero al final te subes y empiezas a subir, voltear y bajar.. subir, voltear y bajar.. suben las emociones al subir cuesta arriba, el estómago se cierra, el cerebro se carga y solo no quieres que llegue el ápice porque ya crees haber llegado demasiado en alto. Pero el ápice llega. Siempre en las montañas rusas llega el ápice. Y luego empieza la bajada. Toda la carga acumulada empuja para salir de tu cuerpo y de tu mente y en pocos segundos estás vacío. Luego otra vez.. y otra.. y otra..
Cada vez esperas que sea algo distinto, pero ya te acostumbras poco a poco a que el ápice siempre sea lo mismo y que no se pueda llegar más alto. La subida y la bajada toman normalidad. Ya sabes que después de la subida hay la bajada. Si o si.
Esperas que cada vez el ápice sea más alto, pero no. Esperas no bajar, pero si. Hasta que te agarres al carril, no hay otra.
Pero el parque de atracciones de la vida tiene muchas otras diversiones para llegar más alto. El paracaídas, por ejemplo.

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