Para los 70 de mi papá decidí regalarle una aventura especial. Llevaba años mirando esa cosa con cara de niño, así que decidí por fin hacerle este regalo con mi hermano.
Compramos un billete para lanzarse los 3 juntos con paracaídas. Los tres fuimos en el mismo avión y nos lanzamos uno detrás del otro desde 4.000 metros. Al final el viejo llegó un poco tocado al suelo y necesitó unos minutos para recuperarse. Pero creo que le limpió un poco las tuberías la aventura, porque sigue mejor que nunca. Encima lo hizo con sus 2 hijos, así que la cosa salió perfecta.
Llegas al borde del avión, la puerta está abierta y lo único que piensas allí, antes de saltar, es de no chocar con la cola del avión. Pero luego saltas.. y boom. El primer minuto es caída libre. Sin frenos, sin nada que te detenga. Solo el aire te frena porque a más de 200 por hora parece que tenga más cuerpo que un potaje. Un minuto en el que no piensas que estás cayendo desde 4.000 metros y solo disfrutas del aire en la boca que parece atravesar toda tu garganta y salir por la espalda, de la piel que se deforma bajo la presión del aire, de tu voz que a pesar de gritar se queda por encima de ti porque vas bajando más rápido que ella. El cerebro no piensa, no consigue crear conexiones que puedan crear un pensamiento. Solo disfrutas del momento. Solo dejas que todas las emociones y pensamientos que te agarran en tu vida en el suelo se vayan y dejen espacio para disfrutar. Luego se abre el paracaídas. Frenas bruscamente y bajas de velocidad. El corazón acelera todavía más porque ahora te sientes colgando hacia el suelo y tu cerebro empieza a trabajar otra vez a velocidad normal.
Ahora es cuando se disfruta de verdad. Después de haberte limpiado de todos los agarres durante la caída libre, ahora es el momento de disfrutar. El cerebro empieza a trabajar, limpio. Fatiga en reiniciarse y arrancar todos los programas que se habían cerrado durante la caída. Lo único que consigue es dejar entrar las visiones, sensaciones y emociones que tu cuerpo colgado en caída controlada le transmite. Allí es cuando te das cuentas de como todas esas cosas puedan llegar en el profundo y empujar queriendo explotar si encuentran un camino libre de obstáculos.
Pagué por ese día, pero yo mi caída libre la tenía a diario contigo.

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