Amo el olor que tiene la toalla de playa después utilizarla un par de veces. El sudor, la crema, la arena el sal y el agua del mar se mezclan y funden en un aroma único. No se puede describir. No hay olores o sabores que me acuerden algo similar. Único. Solo se que al sentirlo, cierro los ojos un momento y visualizo lo que siento. Me siento en paz y tranquilo como si estuviera en un lugar suave y acogedor donde puedo sacar la tensión de mis músculos y apoyarme en el mismo olor. Una línea directa desde la nariz, cerebro y corazón que abre las venas y deja pasar más sangre como empujándome cada vez a fijar esta sensación y acordarme que con este olor estoy en paz pase lo que pase. Parece de locos agarrarse a un olor, pero en mi funciona.
Tu sabes a mar. Tu sabes a eso. No en olor concreto, pero en efecto si. Detrás no hay un cruce de hilos de algodón, estás tu. Tu pelo, tu boca, tu piel.
Puedo tirar todas las toallas del mundo y renunciar a su olor, pero no al tuyo. No después de besarte en el agua de aquella playa que fuimos la primera vez juntos. Ese sabor es tuyo y es como heroína para un drogadicto. Solo la heroína daña si la tienes, tu sabor si no lo tengo.


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