Nada que ver con poderes oscuros o con un nuevo personaje de Marvel. Tampoco es una versión 2.0 de un Ícaro moderno y motorizado. A lo mejor si en parte, con su visión romántica de poderse levantar sobre este mundo hasta llegar al sol.
Pero no, en realidad es mucho más simple y terrena la cosa.
Check-in, gate, security, ticket, connection, landing, PCR, Dplf, Health module, FFP2.. y podría seguir con muchas más. Se abren las puertas del aeropuerto y venimos catapultados en un mundo hecho de siglas, anuncios, carteles con letras y flechas que parecen llevarte a China y a México al mismo tiempo, gente que llora, que ríe, que grita, niños, mayores y todo un mundo dentro de unos cuantos metros cuadrados.
Si porque una vez abiertas esas puertas lo que se presenta es una pequeña humanidad, con todas sus diversidades y diferencias, concentrada en cuatros paredes.
La primera vez parece que, al abrirse estas puertas, un mundo paralelo se presente a tus ojos al simple cruzar esa línea imaginaria. Como si estuviera atravesando el espejo de Narnia. Preparado con todos los sentidos a tope para no pisar unas leyes imaginarias que gobiernan a su interior.
Por aquí no. Esa puerta no. ¿Esa escalera solo sube, podré bajar si me equivoco? ¿Si entro aquí podré salir? La cosa que me encanta y me excita es que todas estas, y muchas más sensaciones se quedan a pesar de años de viajes y de aviones. Lo que cambia es la perspectiva con la que se mira y admira este mundo paralelo. Aprendes a confiar en las flechas, en las siglas, en las escaleras, en los espacios. Aprendes tus rutinas: pasaporte, pasaje, maleta y cascos. Control de seguridad y siempre te haces las mismas preguntas: ¿tendré algo prohibido en la mochila? ¿Porque me mira tan sospechosamente el policía? ¿Mis líquidos no superan los 100ml verdad? Aprobado. Ya puedes relajarte un poco, pero no demasiado. Ahora falta encontrar el gate. Pantallas llenas de líneas con letras y números. ¿Pero porque mi vuelo no aparece? ¿Me habré equivocado de terminal? Finalmente aparece. ¿Pero porque mi gate solo lleva letras y no números? ¿Y dónde está? Ya llegué por fin. Vuelo retrasado de 2 horas. ¿Y ahora? Ahora me pongo los cascos y de un rato conmigo mismo admirando esa pequeña sociedad que se mueve como si fuera un hormiguero gigante.
Escucho un grito y me quito un casco. El niño aburrido llorando, gritando y persiguiendo a la madre a 20 metros de distancia que está corriendo hacia el gate. Vuelvo a ponerme el casco.
En el pasillo el típico “business man” con traje y solo una pequeña maleta de piel marrón. Vaya incómodo viajar así, siempre pienso. Pasa frío, indiferente y mirando hacia adelante, hablando al móvil, caminando como si no fuera parte de este hormiguero.
Al otro lado una pareja que vuelve evidentemente de las vacaciones. Piel morena, pantalones cortos y camisa el, falda y camiseta ella. Vestidos perfecta para una Ámsterdam en enero. Bolsas de la tienda de Luis Vuitton del aeropuerto. No se hablan, solo miran el móvil. Vaya.
Llega una pareja de señores mayores acompañados por un miembro del equipaje de tierra.
Se sientan cerca de mi. El marido ayuda la mujer a sentarse sin que se atropelle en las maletas. Ella coge de su bolso un tocho de papeles cerrados en un sobre y empieza a revisarlos consultándose con el marido. Le doy pausa a la música y empiezo a escucharlos. Entre pasajes, DNI, pruebas de COVID y formularios, el miedo era la única cosa cierta que salía de sus caras.. La tecnología en este caso no ayudaba. Me imaginaba a los dos con un móvil en la mano en el cual buscar todos estos documentos.
Al final cerraron el sobre, dudosos, y al rato se dirigieron hacia la puerta de salida. No se porque, pero en mi cabeza los imaginé en un viaje necesario y no de placer teniendo encima que luchar contra todos esos papeles sin que nadie le pudiera ayudar. ¿Y si se habían olvidado de algo? ¿Volvían de este viaje “necesario” o todavía les tocaba la parte más dura del viaje?
Vuelvo a mi música. Ya es hora de embarcar. Delante de mi un señor sin mascarilla FFP2. No tenía ni idea de que era obligatoria. La azafata empieza a pedirle los documentos y le avisa de que tiene que ponérsela. El no habla español. La azafata le hace entender a gestos que tenía que ponérsela. Con los ojos mojados el señor llega a comunicar que se le rompió, que no sabía dónde comprar una y no tenía ni idea de que documentos tenía que entregar. Parecía que lo hubieran empujado dentro del aeropuerto como se empuja un leon dentro de una jaula. La azafata le entrega una mascarilla con aire superficial y le grita de seguir adelante. Me crucé otra vez con él en el shuttle que lleva los pasajeros al avión. Su cara sacaba tensión y ansiedad por todas partes. Por cierto, la mascarilla se la había puesta al revés y los elásticos estaban a punto de sacarle los oídos.
Otra vez vuelvo a mi música y finalmente llego a mi asiento. Cierro los ojos y mi mente junta todas las experiencias que he vivido en las horas anteriores. Si, es un mundo paralelo el aeropuerto. Con todas sus contradicciones. Uno de los lugares más seguros del mundo, pero al mismo tiempo un lugar donde las inseguridades y los miedos se hacen de repente realidad y nos acompañan. Reflejo de la sociedad por un lado con toda sus variedades de gente y lugar misterioso por el otro donde 30 países diferentes del mundo pueden estar en pocos metros cuadrados. Cada uno con sus historias.
Me gustaría cada vez saberlas todas estas historias, pero me conformo con crearme una cada vez. La mía.

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